El derecho a elegir

En los últimos tiempos hemos sido testigos, y a veces acaloradas participantes, en discusiones sobre el papel de la mujer en la sociedad toda vez que defendemos una relación madre-hijo estrecha, cercana y todo lo continua que las circunstancias lo permitan.
Sabemos que vivimos en un mundo parcial, en el que las desigualdades en función de sexo, sobre todo en el ámbito laboral, siguen siendo una realidad. Quizás no la realidad que conocieron nuestras abuelas o nuestras madres, auténticas pioneras de la lucha por los derechos civiles y sociales de las mujeres, pero sí una realidad teñida de sueldos desiguales, contratos en inferioridad de condiciones, puestos condicionados a la maternidad, etc. También sigue existiendo en muchísimas familias una realidad que se multiplica por dos: un trabajo remunerado fuera de casa y un trabajo poco valorado en casa pero que a nadie corresponde si no es a la mujer-madre-esposa.

Ha llevado siglos que las mujeres pudieran salir de ese círculo de fregonas y sábanas y pudieran equipararse en derechos a los hombres, buscar un empleo fuera del hogar, tener la posibilidad de que una asistenta hiciera la colada y encontrar al fin el remanso que suponen las guarderías y los colegios de educación infantil.

Y ahora llegamos un conjunto de mujeres, madres, padres y familias completas que pedimos que exista la posibilidad de quedarnos en casa. Que demandamos que se prolonguen los permisos de maternidad para poder amamantar a nuestros bebés un mínimo digno y saludable. Que buscamos fórmulas inimaginables económica y familiarmente para poder permanecer al lado de nuestros hijos durante más tiempo, mucho más tiempo. Que solicitamos que las guarderías sean una opción, y no el lugar donde la sociedad nos obliga a llevar a nuestros hijos para que sean sociables y espabilados. Que no queremos, en una palabra, que la sociedad nos imponga, una vez más, las reglas del juego. La sociedad masculinizada que equipara actividad laboral a ingreso monetario, la sociedad segregadora que impone una actividad laboral remunerada y certificada fuera del hogar para hacernos sentir parte.

Y a este conjunto de familias, padres, madres y mujeres se nos acusa de querer deshacer todo lo logrado. Nada más lejos de la realidad. No queremos volver atrás, sino que queremos dar un paso hacia delante en la definición de nuestros derechos. Queremos poder decidir dónde y cuándo gastar nuestra vida. Queremos poder decidir cuidar a nuestros hijos sin que eso suponga ser tildadas de antifeministas. Queremos que todas las mujeres tengan derechos, no sólo aquéllas que aceptan un rol predefinido por el mismo mundo al que pretenden estar asaltando. Queremos que el derecho a elegir no se convierta en un saco de piedras a la espalda.

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