Pedagogía popular

Educar es una tarea muy dura. Y hacerlo con un criterio preestablecido, difícil. Porque en realidad lo habitual es que la gente eduque como le educaron, o como dice la tele que hay que educar, o como dice la vecina, o la suegra… independientemente de que entre todas esas versiones exista coherencia o no… se va probando; hoy chillamos más, mañana menos, hoy decimos que sí a todo para que nuestros hijos no se frustren, mañana decimos a todo que no porque hay que enseñarles a tolerar la frustración, los lunes hablamos de los límites como el último descubrimiento de la NASA… y así seguimos, día tras día, sin pensar en cómo, cuándo o dónde comenzar un proyecto educativo que tenga que ver con nosotros mismos, con cómo somos, con lo que queremos que sean nuestros hijos. Y no nos referimos a que sean astronautas, abogados o agricultores… sino felices, simple y llanamente, felices.

Hoy en día la pedagogía es popular. Por suerte o por desgracia, todo el mundo se siente con derecho a opinar sobre cómo los demás educan y crían a sus hijos. Que si tal es muy permisiva… que si la culpa la tienen los padres porque les han dado todo desde que nacieron y claro, ahora tienen unos déspotas en casa… que si yo le daba un bofetón y santas pascuas… y hasta nostalgia del zapatillazo leímos el otro día en una columna en un periódico.

Pero nosotras nos preguntamos… ¿no tendrá relación el nivel de frustración, infelicidad y violencia de nuestros jóvenes y adolescentes con ese tipo de educación basada en una pedagogía de salón, tertuliana y televisiva? ¿No tendremos niños violentos y descontrolados precisamente porque hemos elegido una manera de criar que prima el control, la limitación constante y la frustración aleatoria sobre el respeto y la confianza?

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