La atención médica en el embarazo ¿Seguimiento o persecución?

Reflexionemos sobre una sencilla cuestión: cuando una mujer está embarazada, ¿por qué acude al médico? Básicamente, y hablo desde mi propia experiencia personal, creo que lo hace, en la mayor parte de los casos, de un modo automático e irreflexivo. Acude “porque hay que acudir”, porque todas las mujeres lo hacen, porque es lo que se espera que haga.

Este razonamiento (o falta de él) suele esconderse tras la excusa de la seguridad, tras una supuesta intención de “tener la situación controlada” y de prevenir eventuales problemas o complicaciones. Paradójicamente, este ansia por controlar el embarazo consigue despojarnos de dicho control para dejarlo en manos de otro, de un profesional en cuya autoridad confiamos mucho más que en nosotras mismas. No solemos ser conscientes de que, de esta manera, estamos asimilando el embarazo a cualquier proceso patológico en el que, por nuestro bien, un médico puede y debe intervenir, en lugar de considerarlo un estado natural, con sus también naturales manifestaciones y a veces molestias a las que podemos llamar “síntomas”, sí, pero que no por ello nos convierten en “enfermas”.

Y es que, ya desde el primer momento, desde la primera visita, nos encontramos con que el sistema sanitario va a medicalizar todo el periodo de embarazo, estableciendo un completísimo y estricto calendario de controles, análisis, pruebas, revisiones ginecológicas… La embarazada se enfrenta a una agenda repleta de citas médicas “imprescindibles”, encaminadas a garantizar su seguridad y su integridad así como la del bebé. Existe un riguroso protocolo al respecto, un esquema estandarizado en el que se determina cuándo debe acudir la mujer a la consulta, qué profesional habrá de atenderla en cada visita, qué exámenes o pruebas se le realizarán en tal o cuál semana… Se habla de “seguimiento” de la gestación aunque, en realidad, quizás deberíamos hablar más bien de “persecución” de la misma. Y es que, sin lugar a dudas, algunas de las pruebas y controles en cuestión, si se realizan en número razonable y de manera respetuosa, pueden ser muy necesarios o recomendables; pero hay otros puntos de dicho protocolo que no encajan en este categoría y que, de verdad, casi podrían interpretarse como intromisiones, injerencias, un desmedido afán de control.

Podemos distinguir una serie de pruebas que, como acabo de decir, pueden considerarse lícitas y convenientes: análisis de sangre, test de Rh, una ecografía para descartar malformaciones… Junto a ellas, no obstante, esas otras intromisiones o injerencias también mencionadas: el énfasis en controlar la dieta y los demás hábitos de vida de la embarazada, la derivación a un determinado curso de preparación maternal, sin contar con si éste se ajustará a sus inquietudes y expectativas reales, la suposición ya por defecto de que optará por utilizar anestesia epidural, con la consiguiente necesidad de realizarle una analítica extra… Todo esto, espero, sirve para confirmar que estos protocolos no se limitan siempre a seguir el embarazo sino que, en ocasiones, se extralimitan y llegan a “perseguirlo” (se la atosiga, se la llega a molestar, se la intenta guiar por un determinado camino).

Reflexionando sobre el actual sistema de atención sanitaria, en su relación con las mujeres embarazadas, los errores en los que más frecuentemente cae son los siguientes:

A) Las INFANTILIZA.

El sistema sanitario infantiliza a las mujeres embarazadas desde el momento en que, no sabría decir si por un afán de desmedidamente protector y paternalista o por simple interés manipulador, toma por ellas las decisiones relativas a su salud, asumiendo esta responsabilidad que debería ser de ellas.

B) Las “PATOLOGIZA”.

Las considera poco menos que enfermas. Actúa como si su cometido fuera algo así como “curarles el embarazo”.

C) Las ASIMILA.

Las considera a todas iguales, anula sus peculiaridades individuales y se dirige a ellas como si fueran una sola, “LA embarazada”.

Cómo dar la vuelta a esta situación? De qué manera plantear un nuevo enfoque para la misma? Ante todo, contraponiendo a lo que acabamos de comentar una actitud hacia las mujeres embarazadas que se muestre:

A) RESPETUOSA

Hablamos de una atención sanitaria que ponga énfasis en la información, que informe a la mujer, que le explique qué pruebas van a hacerle, por qué y para qué, qué grado de necesidad tienen dichas pruebas… Con esta información en la mano la mujer recuperaría el control sobre su situación de embarazada y volvería a ejercer su autoridad como tal. Una atención, en definitiva, que trate a la mujer embarazada como a la adulta inteligente que es y no como a una niña a la que conducir y “mangonear”.

B) NATURALIZADORA

Que vea el proceso de gestación como algo natural y positivo, lejos del perfil patológico y “anormal” que se le quiere atribuir ahora. Que, justo al contrario de lo que ocurre ahora, entienda y haga entender a la mujer que lo normal es que NO haya complicaciones y problemas mayores en el embarazo. Menos controles, menos especialistas a su alrededor constantemente, menos angustias esperando los resultados de un análisis… Quiero insistir aquí en que también la información completa y honesta de la que antes hablaba ayudará a vencer esta angustia del embarazo, a hacer de él una experiencia más tranquila, más serena, mejor.

C) PERSONALIZADA

Cada mujer es diferente de todas las demás y, para atenderla correctamente a nivel médico-sanitario, parece claro que es importante acercarse a ella, esforzarse por conocerla, definir cuáles son sus inquietudes, necesidades, deseos, expectativas… Responder de manera personal (y no gregaria, como ahora se hace) a las que pueden ser sus dudas específicas y ofrecerle unos cuidados que se adapten a ella, en vez de pretender que sea ella la que se adapte al sistema.

El fin de la atención sanitaria a la mujer embarazada debería ser proporcionarle una experiencia consciente y personal de su gestación, un embarazo seguro y sano, sí, pero sobre todo “suyo”. Y proporcionarle los recursos necesarios para construir dicha experiencia. Puede haber mujeres que realmente prefieran recibir durante su embarazo una atención “al uso”, tal y como se ofrece en la actualidad: intervencionista, directiva, medicalizada… que quieran de verdad vivir esa experiencia. Bien, nada que objetar si se trata de una decisión tomada por ella y tomada, además, teniendo en cuenta que existen otras opciones posibles. El problema nos lo encontramos cuando, como ahora ocurre, esas opciones no se ofrecen y las mujeres embarazadas actúan como actúan porque así creen que DEBEN actuar. Viven la experiencia que se les marca.

Creo además que la atención médico-sanitaria al embarazo debería tomar en cuenta algo más que la salud física. Una experiencia sana, un embarazo sano, sólo puede darse si se desarrolla en un ambiente sano (salud social), si la mujer se enfrenta a él con las ideas claras y mentalmente preparada (salud psicológica) y en medio de unas relaciones personales claras y sin conflictos (salud afectiva). La atención sanitaria a la embarazada habría de ocuparse de estos aspectos, sin duda; eso sí, está claro también que tratándose de cuestiones de índole tan íntima, tan sensibles y tan delicadas, la iniciativa debería partir siempre de la propia mujer, que tendría que ser ella la que, sabiendo que tiene la opción de hacerlo (vuelvo a incidir en la importancia radical de la INFORMACIÓN), decidiera solicitar esta atención o seguimiento. No obligar, no conducir, sólo ofrecer, plantear… y, siempre y ante todo, respetar, de modo que la atención al embarazo deje de “perseguir” a las mujeres para transformarse en un verdadero “seguimiento”: observando a la embarazada desde una distancia respetuosa, dando respuesta a sus necesidades médicas reales, poniendo a las figuras sanitarias a su servicio.

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