El posparto invisible: el trabajo de las doulas después del nacimiento

Del posparto no se habla. No hablan los médicos, ni las madres, ni siquiera los investigadores ni escritores… Por lo tanto, las mujeres tampoco hablan de ello. No saben que existe hasta que se encuentran sumergidas de lleno en él, y entonces es, casi siempre, demasiado tarde para reconocerlo, para ponerle nombre, para parapetarse o para plantarle cara.

En la preparación al parto, durante el embarazo o antes de él, nos hablan de lo que acontece durante el nacimiento propiamente dicho, pero poco se comenta de lo que pasa después, cuando la mujer vuelve a casa y se enfrenta con su vida que ya no es su vida. Quizás algo sobre lactancia, tal vez algo sobre el vínculo, pero nada sobre los cambios en las propias mujeres, en sus expectativas, en sus certezas, en sus deseos.

Yo creo que la cuestión está en que en este período entran en juego aspectos absolutamente personales, recónditos, a veces ni siquiera confesados a una misma: miedo, incertidumbre, perplejidad… cuestiones con las que no habíamos pensado enfrentarnos y ni ganas que tenemos.

El resultado es que el posparto es un período oculto, oscuro, casi inexistente a nivel consciente, a nivel de conversaciones. Sin embargo, es un tsunami que nos arrastra (tanto si es placentero como si no lo es). Las mujeres viven, vivimos el posparto como un momento intenso del que nadie había hablado, del que nadie había prevenido, con el que no habían, habíamos contado.

Así, las doulas que trabajamos el posparto de manera extensa nos encontramos con la dificultad de trabajar sobre algo no escrito, no dicho, no pensado, no imaginado. Pero es que además, hay que añadir la dificultad para hablar, escribir o pensar sobre ello, ya que cada mujer vivirá el posparto de una manera absolutamente personal. No hay un manual del buen (o el mal) posparto, no existen unas necesidades básicas de la mujer en posparto (quizás a grandes rasgos podamos hablar de la necesidad de compañía, de compartir con otras puérperas o madres y el respeto a los propios instintos, pero incluso habrá mujeres que no necesiten cubrir alguno de estas premisas), simplemente existen las necesidades personales de cada mujer durante el posparto. Ni siquiera un buen parto puede augurar un buen posparto, ni un mal parto un mal posparto. Y es que el posparto no depende del parto, el posparto depende de nuestra vida. De lo que somos y dejamos de ser, de lo que creemos y no creemos, de lo que conocemos de nosotras, de los que nos rodean, y a la vez, de todo lo que desconocemos.

Es un trabajo difícil e invisible, que no se sujeta a criterios, que no se puede explicar… Es la diferencia fundamental entre las doulas de parto y las de posparto: mientras que las primeras tienen un objetivo último que es ayudar a conseguir un parto lo más respetado posible (sea vaginal, cesárea, en casa o en el hospital), las doulas de posparto tenemos que estar abiertas a cualquier aspecto que la mujer nos plantee, en ocasiones aspectos que nosotras mismas no hemos vivido o que no hemos siquiera imaginado.

Entonces, ¿qué hacemos las doulas durante el posparto? No somos ginecólogas, ni médicos de cabecera, ni psicólogas ni pediatras (parece una obviedad pero es necesario recalcarlo, entre nosotras y con las madres cuando trabajamos con ellas). ¿Qué hacemos, pues? De todo y de nada… Principalmente escuchar, servir de canal a todas las sensaciones y emociones que van surgiendo, darles validez, reconocerlas y aceptarlas, sean cuales sean. No juzgamos, aceptamos, comprendemos, acompañamos y, si nos preguntan, contestamos con sinceridad.

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