¿Por qué quiero ser doula?

¿Qué es para mí una doula? Fundamentalmente, lo definiría como una suerte de “espacio de seguridad” para la mujer-madre acompañada. La doula con su presencia y compañía, con su capacidad informadora, en su relación de confianza y de contención, es capaz de proporcionar  a cada mujer un espacio (personal, simbólico y también físico incluso) en el que sentirse segura de sí misma;  segura para abrirse, para reconocer, nombrar y aceptar sus propias sensaciones, lo que piensa y siente sobre  su maternidad (incluso cuando lo que está sintiendo es, quizás, oscuro y negativo) y segura para tomar al respecto las decisiones que considere más oportunas. La doula, creo, está ahí para permitir a la mujer realizar este proceso.

¿Por qué una doula y no cualquier amiga, hermana o madre? Porque el acompañamiento de la doula implica una distancia emocional que en el acompañamiento de esas personas cercanas no siempre existe. A eso me refiero cuando hablo del “espacio” que la doula crea alrededor de la mujer, un espacio que la excesiva vinculación emocional anularía y que, desde luego, es necesario para que la mujer-madre pueda por un momento salir de su propia experiencia, observarla desde fuera, y analizarla si es preciso; o, al menos, no dejarse arrastrar por ella.

La doula sería una especie de espejo en el que la mujer acompañada se vería A SÍ MISMA. O, quizás, una caja de resonancia en la que podría escuchar SU PROPIA VOZ…

Y es que esto es, a mi juicio, la parte más importante de la labor de una doula: servir para que la mujer acompañada se conozca o se escuche A SÍ MISMA; que se conceda a sí misma todo el valor y todo el protagonismo, que se haga dueña y responsable de su propia maternidad. No es tanto, pues, lo que la doula es o hace como lo que hace ser o hacer a la propia mujer… ¡A cada mujer!

Resalto aquí esta idea que me parece, también, una de las piedras angulares del trabajo de acompañamiento: que se dirige a mujeres concretas, que cada acompañamiento pertenece a cada mujer, que no hay dos maternidades iguales y que, por tanto, no se puede acompañar igual a todas las madres. Queda así superado (teóricamente, al menos) el obstáculo mental de “lo ideológico”, la traba irreal que en un primer momento me hacía sentir que nunca sería capaz de acompañar a una mujer que no viera la maternidad de la misma manera que yo.

Algo tan sencillo, tan evidente, que sin embargo me ha llevado tiempo comprender…  Algo que me parece no solo importantísimo, básico, fundamental, sino también apasionante, sorprendente, quizás una de las cuestiones que más me ha convencido de querer seguir por estos caminos del acompañamiento: resolver en cada caso la poderosa dualidad de la experiencia de la maternidad, al mismo tiempo tan concreta (mía, o tuya, o de ésa y no de otra mujer… todas diferentes, incomparables, todas únicas…) y tan universal (tan poderosamente animal, tan “una”…) Me parece que tener la oportunidad de enfrentarse a eso, de abordar el acompañamiento de esos muchísimos procesos diferentes, ESOS y no los míos (o el mío repetido muchas veces) es algo hermosísimo y tremendamente enriquecedor.

He investigado mucho antes de llegar aquí, visitando webs y blogs en los que doulas y grupos de doulas exponen y explican su labor. Sin duda, pesa mucho en la profesión una cierta tendencia a primar esta segunda faceta de la maternidad, una corriente para la que la experiencia maternal es una experiencia de tintes algo “místicos”, enraizada más en conceptos abstractos como “La Mujer”, “La Feminidad” o la tan traída y llevada “Matriz Cósmica” que en mujeres y vivencias reales, circunstanciales, concretas. Entiendo que esta manera de enfocar el acompañamiento puede resultar muy sugerente y tentadora por lo que tiene de poético, principalmente, pero lo cierto es que profundizando un poco en su discurso descorazona bastante comprobar que se queda básicamente en eso: en mera poesía. Evoca un “algo” universal muy interesante y atractivo (y ciertamente lo es) pero se olvida de esa otra parte que es tan significativa o más y que se refiere a MI propia maternidad, la que solo a mí me pertenece y que se diferencia radicalmente del resto de las maternidades que existen y existirán. Así, sin este contrapeso más real y prosaico, sus conceptos acaban revelándose tan pobres…

En mi opinión el trabajo de una doula habría de dirigirse hacia esta faceta concreta y personal antes que a la otra más “cósmica”. Habría de interesarse principalmente en permitir, como ya decía más atrás, que CADA MUJER sea protagonista de SU PROPIA maternidad.

Y a partir de ahí, sí, a partir de cada experiencia real y concreta, ya se podrá empezar a tejer esa no menos cierta red del maternaje universal (o como queramos llamarlo). No al revés. No buscar sumergirse en la supuesta “experiencia universal” desde la nada porque creo que esa opción lleva a diluir la experiencia de ser madre; tanto como podría hacerlo la excesiva sumisión a la autoridad de los médicos, a las presiones de la vida laboral o a cualquier otro factor alienante y “desconectador”.

Es cierto que en un principio el motor de mi acercamiento a la labor de acompañamiento por fue una cierta necesidad personal de “curar” en cierto modo algunas heridas que mis propias experiencias en el proceso de embarazo-parto-posparto habían dejado abiertas. Pero en este momento ya no lo considero una motivación. Porque, por el camino, me he enfrentado a cuestiones a las que no creía que llegaría a enfrentarme, he liberado muchos fantasmas y me he reconciliado con partes oscuras de mí misma que ahora, una vez que han visto la luz, sé que me serán de gran ayuda en el camino. He realizado en muy poquito tiempo un trabajo que yo pensaba que me llevaría siglos!

Mi mochila de experiencias, traumas, frustraciones, ilusiones, recuerdos etc. me acompañará siempre, por supuesto, cosa que entiendo como algo positivo porque en ese bagaje se hunden las bases de la verdadera comprensión y de la auténtica empatía. No obstante, veo ahora el acompañamiento como algo que va mucho más allá de eso, que trasciende absolutamente dicha empatía y que puedo abordar “hacia afuera” en lugar de “hacia mi interior”. No quiero acompañar para compensar lo “desacompañada” que yo pude sentirme, sino porque creo que, en cierto modo, esa experiencia me ha capacitado para ofrecer un acompañamiento consciente, sensible y positivo.

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